23 dic. 2011

Capítulo 10


-¡Ya voy mamá!
Cerró el libro, apagó la luz de su habitación y se fue a cenar. Su madre la estaba esperando en la mesa. Sara se sentó  en una de las sillas y empezó a comer, sin decir nada.
Últimamente había estado bastante separada de sus amigas, y sinceramente, se sentía un poco desplazada. No tenía ganas de comer, pero aun así se llevó el tenedor a la boca, con desgana. Aunque ella no se diese cuenta, su madre la miraba de reojo de vez en cuando. Segundo bocado. Buf.. no tenía ganas de comer, ni de hablar… ni de nada. ¿Todo era por el tema de ella y sus amigas? ¡Vaya tontería! No se podía poner así por eso… pero lo estaba.
Carmen notó que algo le pasaba a su hija, pero por el momento no quiso sacar el tema, por si acaso. Prefirió empezar por algo más sencillo:
-¿Qué tal en el instituto?
-Bien.
Largo silencio entre ambas. Carmen confirmó que algún tema que ella no sabía estaba haciendo que Sara se comportase de esa forma.
-Y… ¿no tuviste ningún exámen?-intenta que su hija siga la conversación, pero es en vano.
-No, hoy no.
Eso no puede seguir así. Respuestas monótonas, se ha fijado en que casi no ha probado bocado y… la nota triste. Finalmente, decide ir al grano.
-Sara. Como madre, tengo que saber lo que te pasa -la chica levanta la cabeza y la mira- Si es algo en lo que te puedo ayudar, hija, no dudes en decírmelo. ¿Me lo puedes contar?
-Mamá, no es nada, de verdad- Sara coge su plato y tira a la basura la mayor parte de la comida, que no ha tenido ganas de probar. Lo mete en el lavavajillas y se marcha a su habitación, dejando a su madre sola, intentando saber por qué esos días su hija está tan rara.

Mientras tanto, Sara cierra la puerta de su cuarto. ¿Por qué su madre salta con esa pregunta? ¿Tanto se le nota? Uf… mañana hablará con sus amigas.
Lo malo de ella, y lo reconoce, es que cuando algo le sale mal, empieza a ver todo lo negativo de las cosas.
Se da cuenta de que no tiene nada. Todo es tan... normal.
A  sus amigas siempre les ha gustado algún chico, o han salido con alguien. Por supuesto han ido de fiesta muchas veces, y quedan casi todos los días. En cambio, ella es la rara del grupo. Nunca le ha gustado nadie y mucho menos ha salido con un chico. Nunca va a fiestas y en lo que repecta a salir con sus amigas, casi nada, la verdad. Y lo mas importante para ella:  ningún chico le ha dicho que era guapa. O que tenía unos ojos bonitos. Ni siquiera un simple me gusta como llevas el pelo hoy.
Por encima de todo eso, su padre había muerto. Cuando ella tenía cinco años, murió de cáncer tras largos meses en el hospital. A causa de todo esto, su madre estuvo varios años sin llevarse casi con nadie, sin salir de casa y llorando todas las noches en su habitación. Y hasta el momento, no habían vuelto a sacar el tema. Once años en donde su padre solamente había estado presentes en sus memorias y en ningún otro sitio.
Su vida era un completo desastre.
Se puso el pijama y se metió en la cama. Todavía eran las diez y cuarto, pero tenía la sensación de que esa noche le iba a costar dormirse.
Oyó a lo lejos una puerta que se cerraba. Supuso que era su madre entrando en su habitación. Toda la casa estaba en silencio, y entre tanto pensamiento, se quedó dormida.



Tenía los ojos abiertos cuando el despertador sonó. Se había olvidado de apagarlo la noche anterior. Aunque hoy era lunes, no tenían clase. Menos mal. Otro día más de descanso. 
Había dormido poco esa noche, tal y como lo había supuesto. Todavía se sentía cansada. Apartó las sábanas de encima de su cuerpo, y esperó durante un rato. Buf... le costaba levantarse. Se recostó y se vio en el espejo que tenía justo en frente de la cama. ¡Madre mía que ojeras tenía! ¡Qué horror!  Y esa cara tan pálida... Aunque ella no fuese mucho de maquillarse, ese día lo iba a necesitar.
La cabeza le daba vueltas. Decidió ir a la cocina, que aunque hoy tampoco tuviese hambre, tenía que llenar el estómago de algo.
Cerró la puerta del baño y antes de ir a desayunar cogió la bata que tenía colgada en el perchero que había detrás de la puerta de su habitación.
Mientras, recordó que tenía que llamar a Emma para hablar con ella sobre lo que le atormentaba desde hacía tiempo. Su querida amiga... ¡ay! Se había dado con la esquina de la encimera en todo el brazo. ¡Qué dolor! Se remangó la bata, y vio la herida y... otra mancha. ¿Otra más? Tendría que avisar a su madre de todo eso que le estaba saliendo por el cuerpo... ¡qué asco! Manchas y más manchas. ¿no existen otras cosas en la vida a parte de manchas? 
-¡Mierda!-todo el café que tenía en la taza se derramó en su pijama. Eso pasaba por estar pensando en otras cosas. Vale, lo había comprobado. Las manchas eran una cosa predominante en su vida.
-Buenos días, Sara-su madre apareció por la puerta de la cocina con cara de no haber dormido tampoco mucho, al igual que su hija.
-Buenos días.
-¿Y esa mancha en el pijama?-preguntó la madre, al ver toda la ropa de su hija mojada de un color un tanto oscuro.
-No preguntes. Mamá... -Sara no sabía cómo decírselo- ¿las manchas son malas?
-Depende a qué manchas te refieras, cariño-se rió- si son como esa de tu pijama, no pasa nada.
-No... no me refiero a ese tipo de manchas. Me refiero a esto-Sara se volvió a remangar la prenda y le enseñó a su madre la mancha del brazo. Luego del otro. Y luego las de la cara.
-¿No serán del sol?-preguntó la madre extrañada.
-Mamá, ¿tu ves sol por alguna parte? Estamos en febrero.
-Sara, ya que te toca hacerte la revisión podemos ir a que te miren eso, ¿no?
-Puede -la chica vovlió a prepararse otro café. 


Hace once años.

-¡Feliz cumpleaños, mi vida!
El padre se recostó de la camilla para poder besarla en la frente. Hoy su hija cumplía cinco años. Su mujer, sentada a su lado contemplaba la escena con ternura.
-Papi, ¿cuándo vas a volver a casa?-preguntó la pequeña mirando a su padre fijamente.
Éste no sabía qué contestar. Su pequeña hija de cinco años no sabía lo que significaba tener cáncer. ¿Cómo se puede explicar a un persona tan pequeña lo que es eso? No, no se puede.
-Bueno, cariño, no lo sé. Eso lo tienen que decidir los médicos, no yo -intentó sonreír.
-Pero yo quiero que vengas ahora. Además, este año mami y yo colocamos solas el árbol de navidad y las luces... y tu no estabas-una lágrima rebaló por la mejilla de Sara. Inocente y sincera.
Carmen ya no sonreía. Ella también estaba a punto de llorar.
-Bueno... es que ya sabes como es todo esto -acarició la mejilla de la hija, secando la segunda lágrima -Pero escúchame, que yo no esté en casa no significa que no puedas estar feliz ¿vale?  Ya verás como dentro de nada volveré con vosotras. Ven aquí- cogió a su hija con las pocas fuerza que le quedaban. Su mujer tambien le abrazó- Sara... mi pequeña...
Alguien llamó a la puerta de la habitación.  Un médico.
-Perdone, pero ha terminado en tiempo de visita. Tienen que irse.
Carmen besó a su marido y cogió a Sara de la mano.
-¡Yo no me quiero ir!-dijo la pequeña-¡no me gustan los médicos! ¡Son malos!
El padre sonrió de nuevo. Sara... Nunca podrá verla crecer. Nunca sabrá como será de mayor, ni podrá estar ahí en sus momento difíciles, ni ver su primer novio, su boda, sus nietos... nada.
-Anda, cariño... vete con mamá. Ya nos veremos pronto.
La niña besó a su padre, le abrazó durante un largo rato, y se fue con su madre por la puerta del hospital.



Sara y Carmen permanecían en la sala de espera.
-¿Sara Fernández Torres?-preguntó una enfermera que acababa de salir de una de las puertas del pasillo. Carmen se levantó junto con su hija-Vengan por aquí, por favor.
Las dos siguieron a la enfermera hasta otra puerta. Allí se encontraba la médica de Sara, sentada en su mesa. Sonrió a la chica.
-Hola, Sara. Vamos a ver qué tal estás.
Sara se sentó en la camilla. Se fue quitando la ropa poco a poco hasta quedarse con la interior. La médica hizo su trabajo tranquilamente y con una sonrisa en la cara. Reparó en una de las manchas que Sara tenía en el brazo.
-¿Desde hace cuánto que tienes estas manchas?
-Las vi esta mañana al despertarme. Ayer creo que no las tenía, pero no estoy segura.
De repente, el rostro de la médica cambió por completo. Las examinó detenidamente. 
-Y... normalmente-empezó a decir- ¿tienes algunos síntomas? Me refiero... mareos, vómitos, esas cosas.
-Si... Hoy me desperté con bastante mareo. ¡Y estaba muy pálida! 
-¿Y este hematoma? ¿Te lo hiciste hoy?
-Si, me di con una de las esquinas de la encimera.
Silencio durante unos segundos.
-Ya veo...-susurraba la médica.
-Si le sirve de ayuda, estos días no está comiendo nada-confirmó la madre repentinamente.
-¡Mamá!- Sara miró a su madre despectivamente. ¿Por qué tenía que decirlo todo?
-¿Y por qué no comes, Sara? No te vuelvas una chica obsesionada con los alimentos, ¿eh?-sonrió.
-No. Es simplemente que no tengo hambre.
Otros segundos más en silencio.
-¿Puedo hablar con tu madre a solas un momento?-preguntó la médica apoyando su mano en el hombro de la chica.
-Claro- Sara se volvió a poner toda la ropa. Antes de irse miró a su madre. ¿Qué habría pasado? 
Cerró la puerta y esperó fuera. Cantidad de personas mayores la miraron. Unos callados, otros dormidos, y otros cuchicheando. Sara se sentó en la silla libre que tenía más cerca.
Y esperó.

-¿Qué pasa con Sara, doctora?-preguntó Carmen un poco preocupada.
Ésta se sentó en la esquina de la mesa. Lo que iba a decir no le resultaba nada fácil.
-Mire... -tosió y al cabo de un rato prosiguió- Esto que le voy a decir... no sé si es cien por cien seguro, pero... todo lo que he visto y oído, por lo que me dijo su hija, llevan a la conclusión de que estoy en lo cierto.
Ahora Carmen sí que estaba nerviosa. Agarraba su bolso con mucha fuerza, y se movía intranquila.
-Usted sabe que su hija tiene unas manchas sospechosas por todo el cuerpo -comenzó a decir-
Eso puede ser síntoma de una enfermedad que su hija empieza a tener, y... siento decirle esto pero...-tuvo que echarle valor para porder decirlo- su hija tiene...
Carmen dejó de escuchar a la doctora desde que dijo la palabra que hizo que todo su mundo se derribase en unos pocos segundos. Una vez más... y ahora le pasaba con su hija, su Sara. Carmen comenzó a llorar a lágrima viva. ¿Por qué todo le tenía que pasar a ella? ¿Por qué iba a perder a su hija ahora también? No escuchó como la doctora le dijo que lo habían detectado a tiempo, y que era probable que se salvase, pero la madre no atendía. Su mundo iba a dejar de tener sentido, porque sabía que Sara lo había heredado de su padre. Sabía que no era problable que saliese de esta y además Sara era débil, muy débil. Siempre estaba triste, veía el mundo de un color gris. Ella era lo único que le quedaba en el mundo.
Sara, su hija de tan sólo dieciséis años, tenía cáncer.














27 oct. 2011

¡Urgente! Leedlo por favor.

Ya lo hemos comentado en nuestro tuenti de Emma Rial, pero queremos decíroslo por aquí.
Vamos a dejar de escriir un tiempo, a parte de que con todos esto exámenes, no damos para más, tambien es por algunos asuntos. Lo sentimos de verdad, pero queremos deciros que cuando colguemos el capítulo 10, vamos a hacer un mini concursito de algo.

¡Acordaros! Estamos esperando a que nos envieis algunas fotos de cómo creeis que es Daniel, para poder colgarla aquí en el blog, con el nombre de su aut@r, como hicimos con la foto de Emma.
Si no os acordáis, Daniel es un chico de pelo castaño clarito y ojos castaños claritos suuper profundos :)
Nos podéis mandar la foto o bien a nuestro Tuenti: Emma Rial, o bien a nuestro correo: s.siemprejuntos@gmail.com

¡Estaremos esperando la foto!

Sentimos mucho lo del libro. pero así por favor, seguid recomendando el libro (si os gusta, claro) y comentando.
Muchísimas gracias de:

Siempre juntos :)

28 sept. 2011

Capítulo 9

 -Muchas gracias. Adiós.
Alberto salía de la tienda arrebujado en su chaqueta. Hacía frío, mucho frío, y eso, él, no lo soportaba, sobre todo estando a mediados de febrero.
La dependienta cerró la puerta tras de sí poniendo el cartel de "cerrado" indicando que se había acabado el tiempo de compra. 
Alberto miró a ambos lados de la calle por la que tan sólo pasó un coche, que mojó gran parte de sus zapatos tras pisar el enorme charco que había delante. Comenzaban a caer algunas gotas, que resonaban en las solitarias esquinas, y serpenteaban hacia las sucias alcantarillas. 
Las luces de la tienda se apagaron. Una chica jovencita salió de ella, despidiéndose amablemente de Alberto, y alejándose con paso decidido hacia la oscuridad.
Ahora estaba él solo.
El chico no paraba de pensar en lo bien que se lo estarían pasando Daniel y Emma en la fiesta de su hermano. Quién sabe si por el echo de estar ellos dos solos, podría hacer que su amistad diese un paso más... 
Le reconfortaba que Inés tampoco estuviese en casa de Miguel. Se preguntába dónde estaría ahora mismo. Lo que no se imaginaba, es que se encontraba a pocas calles de allí, y sus caminos se encontrarían al cabo de un rato.
Todavía estaba quieto, en aquel lugar, de pié al lado de la tienda de informática, cuando empezó a llover. 
Guardó lo que había comprado en uno de los bolsillos internos de su chaqueta, para que no se mojara.
De repente, oyó ruídos detrás de él. Al principio muy tenues, después con más fuerza. Pisadas, y de varias personas, además. Antes de que el cabecilla se dirigiese a él , sabía que le iban a hablar.
 Y sabía perfectamente quién era.
- ¿Lo tienes?- preguntó.
Alberto se giró en dirección a los cinco chavales que se encontraban a su izquierda con sudaderas negras y en mal estado.
- Sí, os lo he instalado todo, cumplí con mi trabajo.
-Así me gusta, buen chico. Ahora- dijo otra vez el cabecilla, dirigiéndose al resto del grupo. - Nos vamos.
Se dieron la vuelta y emprendieron la marcha por dónde habían venido en cuanto Alberto les tendió la bolsa.
-Alto- dijo, segundos después-¿ y mi dinero?
Todos se dieron la vuelta a la vez. El cabecilla se adelantó.
-¿Perdona?
- Sí, me prometisteis que si os lo instalaba me pagaríais y no lo habéis hecho.
El cabecilla soltó una carcajada y miró al resto del grupo que también se comenzó a reír. Alberto por su parte, tragó saliva. Sabía perfectamente que se estaba metiendo en terreno peligroso y eso le asustaba, pero tenía que ser valiente, si no, no llegaría a ser nada en la vida, y ésta era su oportunidad.
-¿Sabes con quién estás hablando, chaval?- dijo el chico poniéndose serio al instante. 
-Yo solo digo que me debéis el dinero que me prometisteis- dijo Alberto mostrando todo el orgullo que fue capaz.
Y tenía razón, se lo habían prometido. Unos días antes él había ido a comprar a esa misma tienda un complemento para su ordenador, y allí es dónde les había encontrado, esos tíos le habían pedido que le instalasen un virus para poder enviárselo a la ex-novia de uno de ellos a cambio de una suma de dinero.
Por supuesto, Alberto no era tan ingenuo como para creerse que de verdad  iba a cobrar por el trabajo, pero tenía que intentarlo.
El cabecilla se dirigió hacia Alberto, esta vez con voz más potente y amenazadora.
-Te arrepentirás de esto- dijo.
Alberto tragó saliva, y dio un paso hacia atrás, alerta. Sabía que había llegado demasiado lejos.
-Ya os he dicho que sólo quiero el dinero que me debéis, no busco pelea.
-Pues lo siento. Demasiado tarde.
El cabecilla se adelantó, y dirigió su puño hasta la barriga de Alberto. Éste se dobló en dos, respirando por la boca entrecortadamente.
El resto del grupo se comenzó a reír. Uno tras otro fueron atacando al chico, mientras éste se retorcía de dolor en el suelo. Primero en la barriga, luego en la cara...
Le empezaron a dar vueltas para marearlo. Alberto se estaba aturdiendo. No sabía ya ni dónde estaba. Solo sabía que le dolía todo el cuerpo, que lo tenía todo entumecido de los golpes que le estaban dando. Se caía al suelo, pero le volvían a coger para tirarlo de nuevo. Una y otra vez... hasta que los cinco chicos consiguieron lo que querían.
Alberto cayó al suelo inconsciente.
Pero antes de que se le nublara la vista por completo, sólo pudo pensar en qué diría Inés en cuanto le viese en aquel estado.










-¡Alberto! ¡Dios mío! ¡Qué te han hecho!- el chico intentó abrir los ojos, pero fue en vano -¡Dios mío...! Pero qué te han hecho... despierta... ¡Despierta!- Alberto abrió los ojos de repente. Veía todo borroso, todo nublado. En aquella mediana oscuridad, distinguió solamente la esbelta figura de una mujer. Una chica...
-Te quiero tanto...-notó que una mano acariciaba su mejilla dulcemente- Te quiero tanto... -un llanto interrumpió sus pensamientos.
Inés...





15 sept. 2011

Capítulo 8 (parte 2)

Caminando bajo la sombra de aquellos árboles, no hacía tanto calor.
Sus pulmones respiraban el aire puro y sano que emanaban las hojas que tenían encima de ellos. Ya llevaban un largo tiempo de paseo, sin saber qué hacer, a donde ir... Sin rumbo.
Decidieron  sentarse en un banco que había en el Paseo Marítimo para contemplar las olas del mar, que iban y venían jugando con la blanca arena de la playa.
-Qué sensación tan agradable-exclamó Daniel mientras olía el aroma fresco de la mañana. 
-Ya, ¿verdad? -asintió la chica sin saber más que decir. La noche anterior estaba tan presente en sus pensamientos, que no se los podía sacar de la cabeza. Ya no sabía qué era lo que sentía realmente.
La mañana transcurrió plácida y serena. Fueron al Lily´s Café, que aunque fuera un lunes festivo, estaba abierto. Pasaron allí gran parte del mediodía y de la tarde, los dos intentando olvidarse de todo y disfrutar del momento.
-¡Y se quedó con un palmo de narices!-se rió Emma tras haber contado una anécdota que le había pasado hace un tiempo.
-¡Madre mía! ¡No me puedo reír más!-Daniel se llevo la mano a la barriga, que le dolía de tantas carcajadas.
Se quedaron callados, cada uno mirando la taza de café que tenían en las mesas. Emma levantó la vista levemente para mirar que cara tenía Daniel en ese momento. No lo pudo ver con claridad, ya que su flequillo le tapaba gran parte de los ojos. Aún así pudo ver que brillaban con la luz que entraba por la ventana que tenían al lado. El chico que tenía delante la quería... ¿Por qué a ella, habiendo millones de chicas por el mundo? De repente, él levantó los ojos, haciendo que sus miradas se cruzasen. Su cara... la de un niño pequeño asustado que ha dicho un mentira, y tiene miedo de que le pillen...
-Bueno... em..-empezó a decir Daniel saliendo de la imnopia- ¿nos... nos vamos ya?
-Si, mejor. Nos vamos ya.


Serían las seis y cuarto de la tarde cuando salieron del lugar, dirigiéndose hacia la casa de Daniel, cuando una voz interrumpió sus pasos.
-¡Emma! ¡Hola, cariño!-Inés le plantó dos besos y un gran a brazo, mientras que Alberto, que estaba a su lado, estrechó la mano a su amigo amistosamente.
-¿Qué tal?-preguntó Emma, pero luego corrigió al ver a sus amigos juntos-Bueno, veo que estáis bien- se rió. Alberto cogió por la cintura a Inés.
-Y vosotros tampoco estáis mal, ¿no?-Inés lo preguntó con picardía, y tanto Emma como Daniel, se sonrojaron.
-Oye, ¿y qué tal te van las heridas?- preguntó Daniel intentando cambiar de tema mientras señalaba una de las heridas que Alberto tenía en la cara.
.Bueno, no se puede decir que vayan genial, pero sí tirando. Gracias a la enfermera que tengo a mi lado estoy mucho mejor-sonrió a Inés.
-Ay... ¡bobo!-se dieron un pequeño beso- ¿A dónde íbais?-preguntó rápidamente.
-Ibamos ahora hacia mi casa, pero si queréis tomar algo...-propuso Daniel.
-A mí me da igual, ¿tú qué  dices?- la palabra la seguía teniendo Inés. Alberto asintió. No le importaba.
Como siempre, Inés agarró a Emma por el brazo para poder hablar ellas solas, mientras Alberto y Daniel se quedaban atrás, conversando ansiosamente de la moto que acababa de pasar delante de ellos.
-¿Y bien? ¿Qué paso?- esta vez de adelantó Emma.
-Buf..-le vino la sonrisita tonta- Muchas cosas-Inés empezó a contarle todo lo que había pasado aquella noche. Cuando le acompañó a Alberto hasta su portal, y se ofreció para ayudarle, cuando él se había negado, cuando finalmente ella desistió... y lo más importante... que la besó.
-Y... no sabes cómo me supe en ese momento-dijo.
-¡Madre mía! ¡Pero eso es... genial!-gritó Emma abrazando a su amiga. Mientras tanto, Alberto las vio sonreír, y supuso de lo que estaban hablando. No puedo contener una pequeña sonrisa.
Daniel, de repente, soltó una pregunta que le pilló muy desprevenido:
-Fueron ellos los que te hicieron todo eso, ¿no?
Al principio, Alberto no sabía de lo que le estaba hablando, hasta que volvió en sí, y eso le hizo recordar todo lo que le habían hecho. Aquellas marcas que tardarían en pasarse.
-Sí. Fueron ellos.



3 sept. 2011

Capítulo 8 (parte 1)

La chica se miró al espejo una vez más. " No puede ser" pensó"Esto no me puede estar sucediendo" ¿Daniel la quería? ¿Podía ser eso cierto? A lo mejor se refería a sólo como amiga, pero en el fondo sabía que esso no era verdad.
Su reflejo le mostraba una imagen que en ese momento no quería ver, pero era imposible apartar la vista.
Sus cabellos rubios caían formando pequeñas ondas por su espalda, algunas producto del rizador. Sus ojos azul intenso, tan parecidos a los de su hermano, reflejaban angustia y, sin que ella lo pudiera evitar, comenzaron a empañarse manchando todas sus facciones con sus pequeñas lágrimas.
¿Por qué lloraba?  ¿Tan mala era la situación? Ella tenía miedo, sí, y no de lo que pudiese pasar en el futuro entre los dos, si no de lo que se podría perder por eso.
Se enjugó rápidamente las lágrimas, se lavó la cara y haciendo un esfuerzo salió del baño sin hacer ruido para no despertar a Daniel.





-Yo sigo pensando que lo que hiciste fue una auténtica locura-protestó Emma al tiempo que tomaba un sorbo de su leche.
-Y yo sigo pensando que por qué tienes que ser mi hermana, ya ves. ¿Pero qué querias que hiciera?
Emma le dio un codazo a su hermano. Y añadió:
-Quizá tengas razón- se quedó mirando al vacío.
-¿Qué? ¿Acabas de darme la razón en algo? Repítelo otra vez, por favor, para poder grabarlo, ya sabes-se rió. Al ver que su hermana seguía seria, dijo-Perdón, no quería decirte eso. Sé que el asunto de Alberto es serio.
Se oyeron unos pasos desde la escalera, y a los pocos segundo apareció Daniel por la puerta de la cocina.
-Buenos días.
-Buenos días, Dan.
-¿Dan?- se apartó el pelo de la cara.
-Sí. Me viene la inspiración por las mañanas-se rió Emma- ¿Qué tal has dormido?-Se fijó en sus ojos. ¡Madre mía! ¡Ay, Emma, seguro que esto lo estás pensando por lo que oíste ayer!, se dijo.
-Muy bien, la verdad- se sentó en la mesa y se puso a desayunar.
Hubo un rato de silencio en cuanto Miguel se levantó para vestirse. Ninguno hablaba y cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos, que ya eran suficientes.
"Dios" pensó ella "Nunca me había fijado en lo guapo que es" Miró a Daniel que estaba revolviendo con una cuchara la leche. Su pelo castaño estaba más revuelto de lo normal y, de vez en cuando, le tapaba sus preciosos ojos verdes.
"Mierda, lo he vuelto a hacer" Emma giró la cabeza apartando la vista bruscamente del chico.
Daniel, por su parte, tenía vergüenza de mirarla. Hoy estaban desayunando juntos, solos, y si tuvo el valor de decírselo ayer (por mucho que estuviese dormida), ¿por qué no se lo iba a decir hoy? "Por que tienes miedo" le dijo una voz maliciosa desde el interior.
A lo mejor podría esperar un poco más de tiempo para decírselo, sí, total daba igual ¿no?





-Bueno, yo me marcho, ¿vale? Voy a caminar un rato y supongo que comeré fuera y eso, no me esperes despierta Emma- le dijo Miguel a la chica sonriendo y saliendo por la puerta.
Ella tenía la boca abierta de par en par.
-Ese chico no tiene remedio...- se giró, mirando hacia Daniel- Bueno,¿cúal es el plan de hoy?
-No pasa nada, yo ya me voy a mi casa, para no causarte más molestias.
-¿Molestias?¡Qué va! Si no tengo nada que hacer hoy, si te vas, me quedaré en casa todo el día viendo la tele... 
-Bueno... como quieras, pero, ¿qué hacemos?
Emma miró su habitación una vez más.
-Pues... ¿y si comemos también fuera? Después podemos salir un rato a pasear por el parque, no sé...
-Vale, oye...- Daniel se trabucó y se interrumpió.
Emma no pudo evitar mirarle sorprendida. "¡Oh no!" pensó "Lo va a decir, lo va a decir" "¿Qué hago?" Se frotó las manos, nerviosa.
-¿Llamamos a Alberto y a Inés para ver que tal les fue ayer? -prosiguió él.
"Oh""Con que era eso..."
-Ahh... pues.. no sé, como quieras. -dijo con voz cansina.
-Oye, Emma ¿estás bien?No sé, te noto un pelín rara.
-¿Rara yo? ¡Ja!- dijo ella sonriendo y levantándose de la cama- ¡Qué va! En serio, no me pasa nada- intentó evitar mirar al chico directamente a los ojos- Es sólo que aún estoy un poco dormida.
-Bueno...- Daniel no estaba muy convencida pero no iba a torturarla con eso- ¿los llamo entonces?
- Sí, ¿no?- Emma había vuelto a recuperar la compostura- Quiero decir... llámales y diles donde vamos a estar y que si eso se pasen , ¿no?
Y eso fue lo que Daniel hizo, diciendo que iban a estar en el parque a eso de las seis. no pudo evitar ponerse nervioso al oír la voz de felicidad de su mejor amigo, aunque se alegraba por él no podía evitar pensar en por qué él no tenía la mísma suerte. "¿Tan feo soy?"
Emma por su parte se dijo que era lo mejor, cada vez le tenía más miedo de quedarse a solas con él por lo que pudiese pasar.
Durante la mañana decidieron quedarse en casa, viendo la tele y hablando. 
Llegó un momento dónde comenzaron a estudiar, Daniel le explicaba la lección que habían comenzado en matemáticas.
-¿Ves? -decía- Mira, ahora tienes que restar aquí...después multiplicar por esto...
Y aunque ella intentaba mostrarse atenta, en el fondo estaba demasiado nerviosa para estudiar matemáticas. Cada vez que miraba su rostro a su corazón le daba un vuelco sin poder evitarlo.
De fondo sonaba All fall down  de OneRepublic que parecía describir aquel momento. "Cuando tus muros se comiencen a derrumbar oh cuando tus muros se comiencen a derrumbar allí es cuando me encontrarás"
Ella tenía miedo, sí, pero no de Daniel, si no de lo que le estaba pasando, de sí mísma.


25 ago. 2011

Capítulo 7


            Daniel  estaba sentado en la parte trasera del coche.  Emma iba a su lado. Dormía tranquilamente apoyada en su hombro.  El chico la contemplaba cariñosamente. Estaba tan guapa.
            Miguel conducía esta vez, casi, como si tuviese carnet. Iba cansado. Si sus padres se enteraban de esto, sí que le iba a caer una buena. Una muy buena... intentaba no pensar en eso. Relajó la cabeza en el reposacabezas y suspiró.  Ya casi habían llegado a casa. De vez en cuando miraba por el retrovisor para ver si su hermana se había despertado.
            Apagó el motor y miró a Daniel.
            -Oye, mientras yo voy aparcando en coche, ¿podrías coger las llaves de casa? Es que solo las trajo Emma.
            -¿Dónde las tiene?-preguntó Daniel. Emma no llevaba ningún tipo de bolso ni nada donde pudiese meter las llaves.
            -Las tiene creo que en el bolsillo izquierdo.
            ¿El bolsillo izquierdo? El único bolsillo que tenía la cazadora de Emma se encontraba en... el corazón, por decirlo de alguna forma. Mientras Miguel volvía a encender el coche para poder aparcarlo, Daniel se incorporó un poco para coger las llaves del bolsillo izquierdo de Emma.  Aún encima, estaba cerrado.  Daniel intentó abrirlo lo más despacio posible, sin despertarla. Lo que él no sabía es que a lo mejor no estaba del todo dormida.
            Daniel, vio que Emma abría los ojos.
            -¡¿Pero qué haces?!- gritó mientras le daba un pequeño empujón.
            -Yo... no, es que estaba... las llaves de casa..-Daniel no sabía que decir. Qué situación tan comprometida. Notó que la sangre le llegaba a la cara, produciéndole un calor  un poco molesto.
            Emma no aguantó más y se echó a reír a carcajadas. El chico estaba desconcertado. ¿Qué tenía tanta gracia?
            -¡Tranquilo!-se reía- Ya sé que estabas cogiendo las llaves, estaba despierta-se secó las lágrimas de los ojos.
            -Muy graciosa- interrumpió la conversación Miguel- Venga, coge las llaves, que ya hemos llegado.
            -Vale, vale. Aquí nadie puede hacer bromas ¿no?- y resignada hizo caso a su hermano.
            Daniel bajó del coche, junto con Emma. Entraron en casa, y en un momento en el que Miguel había ido a su cuarto y se habían quedado ella y él solos, se lo preguntó.
            -Oye, Emma, una cosa. ¿Podría quedarme en tu casa a dormir?-ya está. Todo dicho- Es que como sabrás, no quiero ir a casa. Con lo que pasó ayer con Antonio... no me apetece verle...-suspiró.
            -¡Claro! No hay problema. Puedes dormir con Miguel, o si lo prefieres, conmigo.
            -¡Conmigo ni lo sueñes! ¡Estoy cansado, y además mi cama no es tan grande como para dos personas!-se oyó desde el piso superior.
          -Bueno,-concluyó Emma- entonces duermes conmigo. Pero si no te importa, podemos coger un colchón y duermes en el suelo.
            -¡No, no! Si a mí no me importa. 
         Los chicos subieron hacia la habitación de la chica. Cuando entraron, lo primero que hizo ella, fue tumbarse en la cama, cerrando los ojos.
-¡Dios! ¡Menudo día!- hizo un gesto para que Daniel se sentase junto a ella. El chico hizo lo mísmo, dejando caer su cuerpo sobre el mullido colchón y cerrando fuertemente los párpados para evitar cualquier pensamiento.
-Ah, ¡por cierto!- Emma se incorporó levemente- ¿Qué era eso tan importante que me tenías que decir antes de que Inés me llamase.
Daniel tragó saliva y notó cómo se le humedecían las manos. A la mierda su plan de relajación.
-Oh, no, nada... no... no tiene importancia, en serio.- añadió al ver la mirada de tozudez de la chica.
-Bueno...- ella se levantó y se dirigió hacia el armario para ponerse el pijama.
-Yo... si quieres voy yendo a por el colchón.
-Vale, gracias, está en el sótano, en un lateral.
Daniel asintió y salió de la habitación. Sus pensamientos lo atolondraban. Era estúpido, de eso estaba seguro. ¿Cómo podía haber dejado pasar una oportunidad así?¿ Cómo era posible que hubiese nacido tan rematadamente tonto? Iba a dormir con la chica de la que estaba enamorado y lo único que hacía en vez de confesarle su amor era ir a por un colchón. Era el más idiotas de los idiotas del mundo entero.
Cuando se quiso dar cuenta ya estaba bajando las escaleras que llevaban al sótano donde tanto solían jugar ellos de pequeños.
Abrió la puerta y entró en la estancia. Dos grandes estanterías estaban pegadas a la pared y otra se encontraba dividiendo por la mitad la habitación. Sonrió al ver las marcas de pinturas que adornaban la pared con palabras en un lenguaje incomprensible y marcas de manos por todas partes. Aún había alguna que otra silla medio rota de niños pequeños sobre una mesa redonda pintada con algunos nombres. El chico dejó de prestar atención y se dedicó a coger el colchón y salir del sótano. 
Subió hacia la habitación de la chica que estaba sentada en su cama cubierta con un corto camisón con un dibujo algo cómico en el dobladillo. No pudo evitar pensar en lo guapa que era incluso con el pijama y un moño medio desecho adornando su cabello.
Emma se acercó a su amigo para ayudarle a dejar el colchón en el suelo, al lado de la ventana y también a colocar las sábanas.
-Oye- preguntó él-¿ no tienes frío al dormir así en febrero?
-Hombre- aquí hace calor... pero si t preocupo me pongo una chaqueta.
-No, yo no quería decir...
-Tranquilo, lo iba a hacer de todas formas- sonrió y luego le miró de arriba a bajo- pero la verdad deberías primero mirar como vas tú.

-Ya, pero no tengo otra cosa...
-No pasa nada, voy a pedirle algo de ropa a Miguel- paseó sus pies descalzos con un movimiento ágil por la habitación para coger una pequeña chaqueta de pinto del armario y salió de la habitación.
Daniel se quedó allí de pie. Vale, era estúpido, idiota... pero por lo menos iba a dormir con la chica más guapa que conocía y de la que estaba enamorado.
Paseó la mirada por la habitación. La verdad es que era preciosa. La pared en tonos azules estaba repleta de fotografías de la infancia de la chica, con sus amigas, con su familia y con... se detuvo en una pequeña foto en blanco y negro en donde aparecían dos niños riéndose y no pudo evitar sonreír. Ella y él, de pequeños. 
Se conocían de toda la vida y eso era algo que no estaba dispuesto a estropear, por eso tenía miedo de confesarle todo, ¿qué pasaría después?.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos en cuanto oyó la puerta cerrarse.
-Es lo único que encontré- dijo, como disculpándose. Traía en la mano unas viejas bermudas y una camiseta de manga corta de un color grisáceo.
-Gracias y ya es bastante.
Se cambió en el baño y desde dentro pudo oír el sonido del teclado de un móvil. Cuando salió comprobó que sus sospechas eran verdaderas.
-Tranquila, estará bien.
-Tú sabes lo que le pasó, ¿verdad?
Daniel desvió automáticamente la mirada. Sabía lo que le había pasado a Alberto, o, al menos lo intuía.
-Más o menos.
-Y no me lo puedes decir- la chica no lo había preguntado, lo estaba afirmando.
Él negó con la cabeza, se echó junto con Emma en el colchón y cerró los ojos.
- ¡Sí!-gritó Emma segundos después- ¡ Lo hemos conseguido!¡Daniel, están saliendo!
El chico se inocorporó sobresaltado, logrando ver por el lateral de la cama la cabeza de Emma.
-¿Sí?
-Sí, me lo ha dicho Inés, pone:" Tía, ha sdo prcioso! Ya t contré mñna, pero stms salndo! :)"
-¡Qué rápido se recupera el tío!- dijo, pero contento de que su mejor amigo e Inés estuviesen felices y juntos.
Emma se volvió a tumbar y miró hacia el techo.
-¡Por fin! Estoy muy contenta por ellos- pero no pudo evitar soltar un suspiro.
-¿Qué?
-Nada es que.. me alegro por ellos... pero...
-Pero piensas  que por qué no te puede pasar a ti también, ¿no?
-Eh...sí...¿cómo lo has sabido?- preguntó, sobresaltada volviendo a mirar por el borde de la cama a Daniel.
-Nos conocemos desde hace tiempo, Emma, y yo a veces también pienso lo mísmo- reconoció, muy a su pesar.
-Pero, bueno, digo yo que algún día a alguien encontraremos.
-Sí, eso espero.






Emma bostezó.
-Ay, me estoy... quedando... dormida.
-Normal, con todo el rato que hemos estado hablando...
-Bueno, tú sigue contando lo que estabas contando, que yo te escucho.
-Da igual, no tiene importancia.
Transcurrieron unos minutos en silencio y entonces, Daniel, súbitamente, dijo:
-Oye, olo que te quise decir antes...bueno, era que... -El chico se interrumpió al oír la lenta respiración de la joven cada poco tiempo, sabiendo que se había quedado dormida.
Se dio la vuelta y vio la cara de Emma con los ojos cerrados, apoyada sobre el lateral de la cama.
Observó cómo los trigueños cabellos de la joven se esparcían por la cama con pequeñas ondas producto del rizador.
Lleno de rabia, se volvió a dar la vuelta, cubriéndose un poco con las sábanas.
-¿Por qué todo me tiene que pasar a mí?- murmuró- Ahora que por fin iba a decirle que la quiero...
Entonces, súbiamente y sin que Daniel lo llegase a ver, Emma, sorprendida, abrió los ojos.

21 ago. 2011

Capítulo 6 (parte 2)

Emma y Daniel estaban sentados en silencio en la sala de espera. Nada más entrar en Urgencias las enfermeras se habían llevado a un resistente Alberto acompañadas por Inés.
Ella respiraba con dificultad nerviosa por la situación, miraba a todos lados como si alguien les pudiese descubrir en cualquier momento.
Los chicos se levantaron en cuanto Inés entró en la sala. La chica tenía una expresión de cansancio enorme, las ojeras que se formaban bajo sus ojos lo indicaban, llevaba todo el pelo alborotado y tenía la cara roja de tanto llorar.
-¿Es grave?
-Gracias a Dios, no, tan sólo le tuvieron que poner unos puntos y vendarle algunas heridas. Está bien, físicamente, al menos...
-¿Físicamente, al menos? ¿Qué quieres decir?
Inés suspiró y se sentó en un banco sabiendo que todo el mundo les estaba mirando. En un tono bajo, dijo:
- Resulta que no ha parado de gritar desde que le estaban vendando "¡Vendrán a por mí!" Yo creo que alguien le agredió.
Daniel desvió la mirada automáticamente y se dedicó a observar una grieta en la pared.
- No lo sé, pero es tan raro viniendo de Alberto meterse en líos...- dijo Emma ignorando el comportamiento de su amigo.
-Ya- Inés enterró la cara entre las manos- Nunca en la vida le había visto tan alterado, estoy muy preocu...
Justo en ese momento apareció Alberto por la puerta. Estaba terriblemente pálido y tenía las mismas ojeras que Inés, solo que más grandes. Tenía un vendaje en un lado del cuello y algodón en ñla nariz para evitar que siguiese sangrando, los moratones habían reducido un poco su color. Pero lo peor era su cara, una expresión de total y absoluta indiferencia la cruzaba.
Los chicos se acercaron corriendo junto a él.
-¿Estás bien?
Alberto tan sólo miraba a Daniel, asintiendo lentamente. El chico se dio cuenta de lo que significaba esa afirmación, no contestaba que estaba bien si no que confirmaba las sospechas de Daniel.Éste desvió otra vez la mirada. 
Mientras el chico se apoyaba en él, salieron por la puerta de Urgencias camino del coche de Miguel que miraba la escena con preocupación.
-¿Ya está?¿Tenía algo grave?- preguntó.
Emma negó  con la cabeza.
-Lo grave es cuando se enteren mis padres...- murmuró el aludido. Todos se giraron para mirarle sorprendidos de que hubiese hablado.
-Ese es el menos de tus problemas- dijo Inés mirándolo directamente a los ojos para intentar averiguar lo que le había pasado- Lo importante es que estés bien , ¿no?
El chico volvió a asentir y apartó al mirada. No soportaba que ella le viese en ese estado de absoluta impotencia. No lo soportaba en absoluto.



Ambos caminaban por la calle en silencio. Después de varios intentos en ofrecerse a llevarle en coche o en taxi, tuvo que rechazar  a regañadientes que Inés le acompañase a casa.
Nunca hubiese pensado que alguien algún día le hubiese visto en un estado como aquel. Herido y echo un asco, caminando por la calle a la una de la madrugada, con la chica que le gustaba caminando a su lado, viéndole en aquella situación tan espantosa y preguntando todo el rato si estaba bien. Le daba vergüenza y no lo podía evitar.
Por su parte Inés estaba nerviosa e incómoda a la vez. Para ella aquel era el momento perfecto. Estaban solos, era de noche y tenía la excusa de acompañarle a casa.  Pero por otra parte... por otra parte Alberto acababa de salir del hospital y parecería que se quería aprovechar de la situación.
-¿Quién te hizo eso?- dijo de repente interrumpiendo los pensamientos de ambos.
-¿Por qué piensas que me lo hicieron y que no fue un accidente?- contestó él intentando evadir la situación.
-Pues porque te encontré tirado en medio de la calle y mientras estábamos en el banco estuviste diciendo que iban a venir a por ti, ¿tal vez?
-Bueno... vale, no fue un accidente¿ contenta? No quiero recordarlo ahora.- dijo, secamente.
-Lo siento, no quería...
-No, no pasa nada, soy yo que estoy un poco alterado, eso es todo.Lo importante ahora es que estoy bien, ¿no?
-Tienes razón ,eso es lo importante- dijo como intentando convencerse a sí misma que lo único que ahora era importante era la salud de Alberto y no sus sentimientos.
Anduvieron en silencio otro rato hasta llegar al portal de la casa de Alberto.
-¿Están tus padres en casa?- preguntó ella.
-No, están fuera, como siempre- le chico abrió la puerta del portal con aspecto resignado. ¿Y si se lo decía ahora? Podrían subir a su casa y charlar tranquilamente, también era cierto que parecería que él mísmo se estaba aprovechando al situación y no quería que Inés se compadeciese de él en ese estado.
-Bueno, ¿me necesitas? ¿quieres que suba?- preguntó ella.
-No, no hace falta, estoy bien, en serio.
-A mí no me causa ninguna molestia, de verdad- la chica se avergonzó inmediatamente de sus palabras. Había ido demasiado lejos.
Alberto pestañeó un par de veces. Ahora podían subir, pensó emocionado. ¿Qué decía?
-No, en serio, estoy bien.
-¿Seguro?¿No me necesitas?- Inés quería abrazarle, bersarle y decirle de una vez por todas lo que sentía por él.
-No- Inés estaba confusa, ¿no la necesitaba? ¿o era que no estaba seguro? La respuesta a esas pregunta la tuvo segundos después- No te necesito.
Ninguno se movió durante unos segundos, se miraban fijamente. La chica tragó saliva y con su gran fuerza de voluntad dijo adiós.
Caminó hasta el cruce que quedaba enfrente del portal preguntándose cómo podía ser tan estúpida como para cabrearse por esa gilipollez, si además es que no sabía ni siquiera si a él le gustaba ella. Pero ahora mismo eso le daba igual, solo tenía ganas de llegar a su casa, tumbarse en la cama y quedarse dormida para olvidar sus problemas y alejar los recuerdos de aquella noche. Tenía ganas de volverse para ver si aún seguía él allí, pero no debía, ya había hecho sufi... Sus pensamientos se vieron interrumpidos a causa de la presión que ejercía una mano contra su muñeca. Se giró bruscamente, asustada y alerta, pero al final su expresión fue de sorpresa al ver la cara de Alberto frente a ella.
-Sí- el chico dejó que una sonrisa aflorase a su rostro- te necesito.- acompañó con ese gesto a un beso rápido y corto en los labios, después, el rubor ascendió a toda velocidad por sus mejillas.
Inés sonrió, no se podía creer lo que estaba sucediendo. Emocionada, contenta y sabiendo que no iba a olvidar nunca aquello, acercó su cara a la del chico, la agarró con firmeza y le dio un profundo y largo beso en el que afloraron, por fin, todos sus sentimientos.